miércoles, abril 4

Ratas en Paris

Un pequeño burgués arribé
a Paris para nouvel année.

Volvía a casa de André
un viejo cómplice
de la degradación royal,
gordo y decadente
y gay.
Mon très chère amie.

Con lana joven y
piernas tiernas, entré
en la casa del lobo.
Tuve miedo; y deseé
ser devorado:
el rito animal: la
muerte sangrada
tibia y burbujeante.
Lo seguí cobarde
y entregado al cuarto
frío (era invierno) y
bajo el pórtico
me dice: “Quiero
que hagas tu cama
todos los días”
también me exigiría
duchas cortas, favores
domésticos,
y mas favores
domésticos.

El aire detenido, casi
anoréxico
era mi compañero y
confidente.
Así se fueron fugando
entre las tablas, bajo
la puerta vigilada,
sesenta días de otras
historias,
que no tendré
las lágrimas para
contar.

Ahora volvía, después
del invierno smog
al invierno esnob.
Y traía (proyecciones
en mi retina)
las mejores es-cenas:
(en orden de aparición)
La cena de los reyes
en donde los amigos
de André
excusaban roces
-un brillo fálico
en sus ojos cazadores-
para alcanzar vasos y
copas y servilletas.
En donde el único
que se erecta por mujeres
se coronó Reine con una
medallita Daloyau (oui
ça ce moi).
La cena del Palais de Versailles
dans la galerie des batailles
vestido con su abrigo; piel
canela nevada y engominado.
Doblándose
en un viento centenario
me reciben con vestidos
carmines y pelucas
algodonadas.
Las duquesas y condesas
gordas, viejas y perfumadas
van entrando indiferentes
para ellas es corriente;
no huelen a esta rata
de tez clara y nariz afilada
disfrazada de querubín.
Le souper du Roy:
Consommé de langoustines au cacao
Médaillon de Foi gras de Canard
Champagne “R” de Ruinart en magnum
y un perfume Burberry de regalo.
¡Qué chic!

Furiosamente ilusionado
volví a la rue Saint Lazare
la fría mansión
de André , la queen de Paris.

Al recordar, aparecen empañadas
todas las señales
en la torcida hora del nuevo año.
Salí del baño a las 12:05
al cuarto oscuro y crujiente
(los abrazos sincronizados
con mi lavado dental)
después de un vacío vertiginoso
me arrimé al paso a
champs elysées
(mi padre me recomendó tal recorrido
sólo olvidó decirme
que acabaría a las 12:15)
y llegué para acompañar
a los últimos borrachos
para pisar los vidrios jubilosamente
destrozados.
Ni la policía ni los negros
sonreían ya.
Fue íntimo. Un vigésimo mal año
nuevo
esta vez en Paris.

A partir de ahora
André sera un recuerdo
(perdono cada vez
que aprovechaste groseramente
mi tierna disposición
a ordenar tus mil vajillas)
y lo nombro:
“la rata reina, la rata real,
la rata déspota”

A la semana supe de su llegada
y no sentí el frío
viajando al aeropuerto
a 39 latidos felices
por minuto.
Pero no; caían lentamente
un granizo de letras amarillas
todos los posibles vuelos:
no llegó (les presento a Renata
mi novia durante
la bella sorpresa fallida)
antes de regresar
necesité la ayuda de dos
toblerones
para acallar la pena y eludirme
con felicidad de azúcar.

Y cuando sí llegó
no me enteré hasta el día siguiente.

Y cuando le dije que viviéramos juntos
me pidió motivos:
(soy una rata con calculadora
y se me acabaría pronto
mi dinero) (también soy una rata
honesta) no le gustaron.
Ella esperaba que vivir juntos
fuera un paso adelante – ¡qué carajo
quiere decir:
un paso adelante!-
Dos días después
supo cuánto pagaba
de arriendo (90 euros por día)
y también supo
borrar muy bien su memoria.
Así terminamos en un hotel
por 19 euros la noche
cenando y desayunando
pan con camembert.

ce votre étoile
mon amour
ça q’elle brille
sur ma mémoire

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